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El esparto, un oficio que Sesma no olvida
El esparto, un oficio que Sesma no olvida
El esparto se trabajaba hasta que se hacían heridas en las manos. Así se elaboraban cabos, capazos o alforjas, y para familias enteras era su único medio de subsistencia. Sesma celebró ayer la feria de Artesparto para recordar esta tradición

Se recolecta en verano, y se deja secar durante 25 días en el campo para almacenarlo todo el año hasta que se necesite. La cantidad que se vaya a usar se moja para poderla trabajar.

Los hombres la majan con un mazo de madera y las mujeres la hilan. Así se obra con el esparto. O así se hacía hasta hace medio siglo.

La tradición espartera se acabó porque llegaron negocios más rentables, pero desde hace 14 años, en Sesma se recuerda este trabajo con devoción, una vez al año. “Ahora es por afición y por un intento de renovar, o recordar, el oficio”, contaba ayer María Pérez Pinillos mientras sujetaba una trenza de esparto que estaba hilando.“

Aprendimos el oficio desde pequeños, a los pies de nuestros padres”, añadía. Era una de las siete mujeres que pasó ayer la mañana en la Plaza de la Diputación de Sesma mostrando este antiguo oficio.“Con 12 años ya iba al campo a coger el esparto. Mi tío empezó a los 14 y trabajó el esparto hasta casi los 90”, explicaba Feli Etayo Gurrea.

A estas dos mujeres les acompañaban Pilar Gurrea Mangado, María Sádaba Hernández, Mª Jesús Mangado Pérez, Rosario Etayo Sádaba y Adoración Zabal Etayo. “Lo que bien se aprende, nunca se olvida”, concluía Melchor Sanjuan Ajona, un sesmero asistente a la Feria Artesparto.

En el pasado, todo el mundo colaboraba con el esparto, desde los más pequeños hasta los ancianos del pueblo, para venderlo por dinero o unas patatas. Pero empezaron a llegar nuevos medios de subsistencia más rentables y dejaron de trabajar esta planta silvestre.

“Fueron muchas causas, pero el espárrago llegó de repente y sustituyó al esparto rápidamente porque daba más dinero”, explicaba Sanjuan. Y admitía que, aunque es una pena que estas tradiciones se olviden, “sería mucho peor que tuviéramos que volver a ellas”.

Esparteras y esparteros recordaron que era un oficio muy duro. “Desde el principio es severo porque hay que arrancar las plantas y, luego, hay que hilar el esparto hasta que se ponga duro y se hacen heridas en las muñecas”, decía María Pérez. Varias esparteras se pusieron ayer celo grueso en las manos porque el esparto se resistía y comenzaba a doler. Relataron que esas heridas, llamadas quebrazas, se curaban con orina y que incluso, se llegaban a coser porque las lesiones llegaban hasta el hueso.

Julio Gurrea Mangado, que pasó la mañana elaborando una estera, explicaba que lo duro es preparar el esparto. Lo que le tocaba hacer a él, darle forma, es un trabajo “muy tedioso”. “De pequeño lo trabajé, lo vi hacer y ahora sólo toca recordarlo”, dijo Gurrea.

Una feria en auge.

Desde el Ayuntamiento de Sesma esperaban unos 2.500 visitantes, superando así los del año pasado.

La plaza estaba llena, el bar, también y por las calles sólo paseaban los que se acercaban a los puestos.

Entre artesanía, alimentación, textiles, complementos o decoración, entre otros, sumaban un total de 59 en esta edición. Incluidos uno que exponía y vendía aviones teledirigidos fabricados a mano y otro en el que cuatro mariachis se arrancaron por rancheras.

Hubo una exhibición de adiestramiento canino, se celebró la apertura del Centro Etnográfico de Sesma, se realizaron talleres de manualidades infantiles y de vidrio y la charanga “La Paticuesta” de Sesma amenizó la jornada.

Rubén Latorre Laborda es natural de Magallón, en Zaragoza, pueblo de tradición espartera y su mujer estaba vendiendo gorros ayer en Sesma. Latorre, fiel a la feria, defendió la importancia de estas celebraciones. “Se habla con la gente, se conocen tradiciones y uno se lo pasa muy bien”.

Un mes cortando pan para migas

Ayer Tomás Goicoa Martínez elaboraba una estera con esparto, pero desde hace casi un mes también ha estado cortando pan para cocinar las migas que se sirvieron ayer en Sesma.

A las nueve de la mañana varios sesmeros comenzaron a preparar el plato que se ofrecíó a todos los visitantes que lo quisieron, acompañado por un vaso de vino de la tierra. A las once de la mañana se empezaron a repartir las migas. “Hasta que se acaben”, explicaba Jesús Zabal Íñigo, que pasó toda la mañana sirviendo platos de migas con un cazo. No era la una de la tarde cuando las grandes cacerolas se estaban acabando. En dos horas, los asistentes habían degustado diez de esas marmitas. Se mantenían calientes, sabrosas y jugosas y toda la plaza de Sesma llevaba un plato de plástico y comía migas.


TEXTO: LYDIA PASTOR. DIARIO DE NAVARRA

FOTO: ÁLVARO MARTÍNEZ



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